Quinto sueño

Martín era la muerte, y jugaba conmigo una interminable partida de ajedrez. En vez de las piezas regulares, él tenía en su lado un batallón de minúsculos barcos negros, y yo, en el mío, pequeñas velas blancas encendidas. Cuando le ganaba una pieza, él, imperturbable, con los ojos asilados en el tablero, incendiaba sus barcos y me decía, "por cada barco que te lleves, te descuento un hermoso recuerdo". Asustada, ya no quería seguir jugando. En realidad, nunca he sido buena para recordar cosas, y las pocas que recordaba solo eran las más conmovedoras, y no quería perderlas. Pero él insistió. Nunca me miraba a los ojos, como escondiéndose de su reflejo.

Seguimos jugando y continuaba quemándole los barcos. Hasta que le hice un jaque. Yo tenía todas las de ganar. Pero solo me quedaba un último recuerdo, el del sueño que tuve con él mucho antes de conocerlo, era el único sueño que recordaba con nitidez, incluso más claramente que el suceso mismo de nuestro encuentro en el Lezama.

"¿Qué dices, te atreves a ganarle a la muerte?", me dijo. Entonces, estrellé mis dos manos contra el tablero, arrasando con mis velas y lo que restaba de sus barcos. Por unos minutos, ambos permanecimos perplejos, contemplando la pequeña brasa que nacía del corazón del tablero, como si a través de los colores del fuego, nos llegaran murmullos de náufragos, sirenas y hasta de filibusteros. Entonces, él me abrazó y cuando quise tocar su cuerpo, me di con el aura de una oquedad oscura. Martín y la muerte se habían ido o, ¿era yo que me había desvanecido dentro de mi último recuerdo?

                                                                             Martes 10 de junio de 2003.
                                                                                                                   A.

Cuarto sueño

Acabo de ver un gato. Nos quedamos mirándonos por un instante prolongado. Sin exageración, puedo decir que presencié una breve epifanía. ¿Qué me habrá querido decir? ¿Por qué se asomaría? Tenía los ojos grandes y verdes, con las pupilas dilatadas. Me miraba como si supiera lo que yo estaba pensando, como si pudiera leer el vacío en que a veces se hunde mi pensamiento. Era gris, con manchas negras. Parecía conmoverse de mi rostro.

Mejor cierro mi ventana. Ese gato me habló, lo juro; aunque no pude entenderle, sé que intentaba comunicarme algo. Las noches también son difíciles para ellos. No pasan así nomás. Sobre todo cuando quieres descansar bajo un techo y no puedes porque eres un gato montés, y te está negada la espontánea caricia y el "ven aquí, toma tu leche" sin cautela.

Oh, gato montés, ¡ya sé a qué viniste! A ser espejo momentáneo de la verdad más esencial de mi alma, a ser figura esquiva y alimento propicio para seguir empujando la, por tanto tiempo dormida, roca de mi imaginación.

Esto no lo soñé, pero lo escribo igual porque no le veo la más mínima diferencia.

                                                                          Lunes 9 de junio de 2003.
                                                                                                           A.

Tercer sueño

Tengo cuatro debilidades en la vida. Tres de ellas sé que van a llevarme, tarde o temprano, a la destrucción. Sin embargo, la que queda, esa todavía me permite soñar con una salvación latente. Esa debilidad es mi absoluta falta de voluntad para liberarme de la ternura que despierta en mí, Martín.

Ayer, él me leyó un fragmento del diario de una de sus poetas más queridas: Aliarda Cansina. Vagamente, recuerdo lo siguiente:

Con este ya van a ser tres días que no duermo bien. Temía que me volviera a pasar, pero era inevitable. Un poeta nunca vive para sí mismo, ni para ningún otro, simplemente no existe; es tan o hasta más inútil que una palabra fuera de contexto. Un poeta es aquel que observa las cosas con la luz muy baja, porque sabe que si a pesar de esto, el brillo del objeto o la criatura apreciada persiste, entonces he allí que ha hallado algo verdaderamente genuino. De estos sucesos minúsculos está hecha su tranquilidad. ¿Acaso no es el poeta el ser más elemental y por eso, irremediablemente, solo?

Por la tarde soñé que estábamos de nuevo en Lima, caminando por una avenida cercada por palmeras espigadísimas, y le pedí a Martín que me cargase porque tenía los pies hinchados. Entonces paseamos por una acera interminable, tan larga como altas eran las palmeras que la rodeaban. Estaba feliz, Martín había abierto de par en par su saco y había arrebujado mi cuerpo junto a su pecho. Mientras él caminaba, yo me sentía ser su corazón, resguardado cuidadosamente por sus manos. De pronto empezó a llover ralito, como si la lluvia estuviera avergonzada de caer, así tan de improviso, y vi claramente como dos hojas gigantescas venían hacia nosotros en forma de balsas. No tenía sentido, no nos íbamos a ahogar.

Desperté pensando en las balsas y su sorprendente parecido a las cejas de Martín.

Domingo 8 de junio de 2003.
                                      A.

Segundo sueño

Fragmento del Diario apócrifo de Alejandra, a propósito de su encuentro con Martín en el cine Cosmos (el de la salita roja), en el segundo de sus perturbadores sueños:

Cuando llegué al Cosmos, Martín ya tenía media hora esperándome. Habíamos quedado en ver La Strada. Al entrar nos dimos con la sorpresa de que las butacas y las paredes rojas habían cambiado completamente de posición, parecían haber retrocedido y daban la impresión de estar aguardándonos, como si nosotros fuéramos a ser su función.
La sala estaba vacía, pero la atmósfera que se respiraba allí dentro era espesa, como si en vez de aire uno inhalase sangre.
Agarré a Martín por una de las mangas de su saco (creo que fue la derecha), y lo forcé a huir. Él se resistió. Me dijo que quería ver cuál sería su papel, que si el de Zampanó o el del loco del violín, que cuál creía yo que le iba mejor.

Nunca pude entender el ensimismamiento de Martín, era como si de repente, se vaciara y se fuera volando. Todavía asustada, me senté en una de esas butacas intimidantes y lo animé a que hiciera el del loco. Entonces, violentamente, cogió mi pie izquierdo, lo puso sobre su hombro derecho y empezó a raspar con su quijada, justo allí, en la antípoda de mi talón. Yo solo lo contemplaba, como si en sus ubicuos ojos pudiera encontrar una brecha de luz, extendida hacia mí en forma de rampa, para así subir por ella y desaparecer en sus adentros, con la rapidez y ligereza de una repentina bocanada.

Pero he abierto los ojos. Entre nosotros, todavía, todo sigue siendo abismo tenebroso.

Sábado 7 de junio de 2003.
                                  A.

Primer sueño

Fragmento tomado del Diario apócrifo de Alejandra, escrito después de un recorrido inesperado por El Olivar en uno de sus tantos insólitos sueños:

Martín y yo, por enésima vez, fuimos a parar al Olivar. Las palmas de sus manos las percibo aún como dos peces inasibles. Hay una quietud irredenta en las aceras rojas de este enigmático parque, una soledad empozada en sus bancos verdes, una niebla que embriaga las ramas y raíces de árboles ancestrales y unos faroles que todavía se dan el gusto de alumbrar.

Al llegar a una especie de callejón sin salida, Martín me preguntó si yo pensaba que ese camino la tenía. Le dije que no podía aseverarlo pero que si la había, lo que hubiere tras esa desembocadura sería equiparable al cuadro futuro de nuestra relación. Cuando llegamos, para nuestra sorpresa, encontramos dos escaleras, y abajo, una plazuelita. Le señalé que aquello era un presagio de reconciliación; y él, tristemente, acotó: "sí, pero hay dos escaleras, dos caminos diferentes, dos vidas paralelas". Por ello, cada uno tomó un ala, él bajó por la izquierda y yo, por la derecha, pero al final nos encontramos y nos reímos mucho.

Lo deseo de un modo demasiado complejo. Por momentos siento que me atrae, que me conmueve; otros, una irremediable ganas de llorar, una pena tan honda que ni yo misma sé de dónde proviene.

El frío hizo que nos despidiésemos temprano.
No sé de qué distancia me hablaba porque sabe muy bien que somos inseparables.

Después de todo, El Olivar no es El Lezama.
Necesito contemplarlo todo de nuevo, enraizada en los ojos altivos de mi fiel compañera Ceres. Tal vez así, una de estas mañanas despierte ciega, y me sea imposible distinguir aquel banco donde un día me topé con su espalda, y esta trató de comunicarse conmigo como hasta ahora no lo ha hecho ninguna mirada.

Viernes 6 de junio de 2003.
                                   A.