Cuarto sueño

Acabo de ver un gato. Nos quedamos mirándonos por un instante prolongado. Sin exageración, puedo decir que presencié una breve epifanía. ¿Qué me habrá querido decir? ¿Por qué se asomaría? Tenía los ojos grandes y verdes, con las pupilas dilatadas. Me miraba como si supiera lo que yo estaba pensando, como si pudiera leer el vacío en que a veces se hunde mi pensamiento. Era gris, con manchas negras. Parecía conmoverse de mi rostro.

Mejor cierro mi ventana. Ese gato me habló, lo juro; aunque no pude entenderle, sé que intentaba comunicarme algo. Las noches también son difíciles para ellos. No pasan así nomás. Sobre todo cuando quieres descansar bajo un techo y no puedes porque eres un gato montés, y te está negada la espontánea caricia y el "ven aquí, toma tu leche" sin cautela.

Oh, gato montés, ¡ya sé a qué viniste! A ser espejo momentáneo de la verdad más esencial de mi alma, a ser figura esquiva y alimento propicio para seguir empujando la, por tanto tiempo dormida, roca de mi imaginación.

Esto no lo soñé, pero lo escribo igual porque no le veo la más mínima diferencia.

                                                                          Lunes 9 de junio de 2003.
                                                                                                           A.

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