Segundo sueño

Fragmento del Diario apócrifo de Alejandra, a propósito de su encuentro con Martín en el cine Cosmos (el de la salita roja), en el segundo de sus perturbadores sueños:

Cuando llegué al Cosmos, Martín ya tenía media hora esperándome. Habíamos quedado en ver La Strada. Al entrar nos dimos con la sorpresa de que las butacas y las paredes rojas habían cambiado completamente de posición, parecían haber retrocedido y daban la impresión de estar aguardándonos, como si nosotros fuéramos a ser su función.
La sala estaba vacía, pero la atmósfera que se respiraba allí dentro era espesa, como si en vez de aire uno inhalase sangre.
Agarré a Martín por una de las mangas de su saco (creo que fue la derecha), y lo forcé a huir. Él se resistió. Me dijo que quería ver cuál sería su papel, que si el de Zampanó o el del loco del violín, que cuál creía yo que le iba mejor.

Nunca pude entender el ensimismamiento de Martín, era como si de repente, se vaciara y se fuera volando. Todavía asustada, me senté en una de esas butacas intimidantes y lo animé a que hiciera el del loco. Entonces, violentamente, cogió mi pie izquierdo, lo puso sobre su hombro derecho y empezó a raspar con su quijada, justo allí, en la antípoda de mi talón. Yo solo lo contemplaba, como si en sus ubicuos ojos pudiera encontrar una brecha de luz, extendida hacia mí en forma de rampa, para así subir por ella y desaparecer en sus adentros, con la rapidez y ligereza de una repentina bocanada.

Pero he abierto los ojos. Entre nosotros, todavía, todo sigue siendo abismo tenebroso.

Sábado 7 de junio de 2003.
                                  A.

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Primer sueño

Fragmento tomado del Diario apócrifo de Alejandra, escrito después de un recorrido inesperado por El Olivar en uno de sus tantos insólitos sueños:

Martín y yo, por enésima vez, fuimos a parar al Olivar. Las palmas de sus manos las percibo aún como dos peces inasibles. Hay una quietud irredenta en las aceras rojas de este enigmático parque, una soledad empozada en sus bancos verdes, una niebla que embriaga las ramas y raíces de árboles ancestrales y unos faroles que todavía se dan el gusto de alumbrar.

Al llegar a una especie de callejón sin salida, Martín me preguntó si yo pensaba que ese camino la tenía. Le dije que no podía aseverarlo pero que si la había, lo que hubiere tras esa desembocadura sería equiparable al cuadro futuro de nuestra relación. Cuando llegamos, para nuestra sorpresa, encontramos dos escaleras, y abajo, una plazuelita. Le señalé que aquello era un presagio de reconciliación; y él, tristemente, acotó: "sí, pero hay dos escaleras, dos caminos diferentes, dos vidas paralelas". Por ello, cada uno tomó un ala, él bajó por la izquierda y yo, por la derecha, pero al final nos encontramos y nos reímos mucho.

Lo deseo de un modo demasiado complejo. Por momentos siento que me atrae, que me conmueve; otros, una irremediable ganas de llorar, una pena tan honda que ni yo misma sé de dónde proviene.

El frío hizo que nos despidiésemos temprano.
No sé de qué distancia me hablaba porque sabe muy bien que somos inseparables.

Después de todo, El Olivar no es El Lezama.
Necesito contemplarlo todo de nuevo, enraizada en los ojos altivos de mi fiel compañera Ceres. Tal vez así, una de estas mañanas despierte ciega, y me sea imposible distinguir aquel banco donde un día me topé con su espalda, y esta trató de comunicarse conmigo como hasta ahora no lo ha hecho ninguna mirada.

Viernes 6 de junio de 2003.
                                   A.

Experimento(Diario apócrifo de Alejandra)

María Iribarne y Alejandra han sido hasta ahora, para mí, personajes enigmáticos, como si Sábato las hubiera diseñado con manos de tenebroso titiritero. Explicar el impacto que sus vidas ficticias causaron en mi educación sentimental sería un intento vano porque intuyo que sus fracturadas y tortuosas visiones del mundo me seguirán acompañando a lo largo de mi breve y anodina existencia. No obstante, creo que puedo rendirle homenaje, al menos por el momento, a una de ellas.

Hace unos días, al revisar unos escritos sueltos acerca de mi estancia en Lima, en especial, de mi última visita a El Olivar, antes de retornar a Nueva York, se me ocurrió una idea.

(Ojalá que esto no se torne confuso).

Como hace poco había estado deambulando por el parque Lezama (el mítico, misterioso y recordado parque de Buenos Aires donde se conocieron Alejandra y Martín, los principales protagonistas de Sobre héroes y tumba), mi recorrido por el Olivar, no pudo ser el mismo.

Cuando era niña, recuerdo que mi hermano iba a una biblioteca en San Isidro y, en ese entonces, para mí, este distrito era como un país extranjero, porque muy pocas veces, mi familia me llevó a andar por allí. Sin embargo, recuerdo que siempre habían llamado mi atención sus arboledas y la limpieza de sus calles. Pero aún no sabía nada de El Olivar.

A veces, hasta pienso que solo lo visité en mi imaginación, y no sé cómo diferenciarlo de un recuerdo fidedigno. Tengo únicamente la imagen de mi persona yendo a la biblioteca de San Isidro, la que está mirando al pequeño lago, rodeado de faroles; y luego, dentro de aquella, buscando información en los ficheros con alguna compañera de la secundaria.

Desde entonces, no recuerdo haber regresado a El Olivar hasta el año 2000. De allí en adelante, lo he visitado esporádicamente. La contorsión de los troncos de los árboles que habitan este parque y el modo de asomarse tan imponente de algunas de sus raíces, son formas que nunca he podido olvidar, porque cuando me detuve a observarlas por primera vez, fue como si de pronto hubieran trepado a mis ojos. Por allí escuché decir que sus olivos tienen una antigüedad considerable, y por esa razón me encariñé con este aún más. Tengo una debilidad por todo lo proveniente de tiempos remotos.

Bien, ahora trataré de unir toda esta historia para que cobre sentido con la idea que se me ocurrió.

El contraste entre El Olivar y El Lezama se hizo, entonces, urgente. El Lezama es majestuoso, y solemne hasta las lágrimas, lleno de monumentos-en especial estatuas- y de hombres melancólicos, ya sea por su inevitable ancianidad o por una suerte de estar en el mundo sin tener la fuerza de otorgarle un sentido. Reposa sobre una colina y tiene árboles de especie diversa. Los hay largos, angostos y apocados (esto me hizo pensar en la descripción que hace Alejandra de Martín) y retorcidos, gruesos y magnánimos (lo cual me trajo a la mente a Alejandra); los hay en forma de instrumentos, como uno que da la impresión de esbozar la figura de una lira.

El Olivar, en cambio, es mustio, de perfil bajo, como si quisiera no ser encontrado ni buscado, como si se pensara inexistente; con unos sauces tristísimos y unas enramadas que parecen extenderse al compás de una absurda pasión.

Dada mi experiencia reciente, de haber habitado estos dos parques tan dispares y, a su vez, tan conectados, se me ocurrió utilizar parte de mis escritos sueltos para empezar un diario apócrifo, y la autora de este, sería, por supuesto, Alejandra. Y qué mejor que sus sueños para ahondar en su conflictivo mundo, y en especial, el relacionado con Martín, con esa otredad tan compleja.

Sé que no había necesidad de hacer este preámbulo, pero lo hice con la finalidad de justificarme frente a una novela que admiro mucho, y por ende, también frente a sus lectores.

P.d.1: Las fechas son completamente arbitrarias, no siguen necesariamente a las de la novela, que cubre los años 1953 y 1955. Este aspecto es cuestionable, pero quiero creer que es lo menos importante para la verosimilitud de este, su diario.

P.d.2: La foto fue tomada gracias a una sugerencia de mi amiga Úrsula León.