Experimento(Diario apócrifo de Alejandra)

María Iribarne y Alejandra han sido hasta ahora, para mí, personajes enigmáticos, como si Sábato las hubiera diseñado con manos de tenebroso titiritero. Explicar el impacto que sus vidas ficticias causaron en mi educación sentimental sería un intento vano porque intuyo que sus fracturadas y tortuosas visiones del mundo me seguirán acompañando a lo largo de mi breve y anodina existencia. No obstante, creo que puedo rendirle homenaje, al menos por el momento, a una de ellas.

Hace unos días, al revisar unos escritos sueltos acerca de mi estancia en Lima, en especial, de mi última visita a El Olivar, antes de retornar a Nueva York, se me ocurrió una idea.

(Ojalá que esto no se torne confuso).

Como hace poco había estado deambulando por el parque Lezama (el mítico, misterioso y recordado parque de Buenos Aires donde se conocieron Alejandra y Martín, los principales protagonistas de Sobre héroes y tumba), mi recorrido por el Olivar, no pudo ser el mismo.

Cuando era niña, recuerdo que mi hermano iba a una biblioteca en San Isidro y, en ese entonces, para mí, este distrito era como un país extranjero, porque muy pocas veces, mi familia me llevó a andar por allí. Sin embargo, recuerdo que siempre habían llamado mi atención sus arboledas y la limpieza de sus calles. Pero aún no sabía nada de El Olivar.

A veces, hasta pienso que solo lo visité en mi imaginación, y no sé cómo diferenciarlo de un recuerdo fidedigno. Tengo únicamente la imagen de mi persona yendo a la biblioteca de San Isidro, la que está mirando al pequeño lago, rodeado de faroles; y luego, dentro de aquella, buscando información en los ficheros con alguna compañera de la secundaria.

Desde entonces, no recuerdo haber regresado a El Olivar hasta el año 2000. De allí en adelante, lo he visitado esporádicamente. La contorsión de los troncos de los árboles que habitan este parque y el modo de asomarse tan imponente de algunas de sus raíces, son formas que nunca he podido olvidar, porque cuando me detuve a observarlas por primera vez, fue como si de pronto hubieran trepado a mis ojos. Por allí escuché decir que sus olivos tienen una antigüedad considerable, y por esa razón me encariñé con este aún más. Tengo una debilidad por todo lo proveniente de tiempos remotos.

Bien, ahora trataré de unir toda esta historia para que cobre sentido con la idea que se me ocurrió.

El contraste entre El Olivar y El Lezama se hizo, entonces, urgente. El Lezama es majestuoso, y solemne hasta las lágrimas, lleno de monumentos-en especial estatuas- y de hombres melancólicos, ya sea por su inevitable ancianidad o por una suerte de estar en el mundo sin tener la fuerza de otorgarle un sentido. Reposa sobre una colina y tiene árboles de especie diversa. Los hay largos, angostos y apocados (esto me hizo pensar en la descripción que hace Alejandra de Martín) y retorcidos, gruesos y magnánimos (lo cual me trajo a la mente a Alejandra); los hay en forma de instrumentos, como uno que da la impresión de esbozar la figura de una lira.

El Olivar, en cambio, es mustio, de perfil bajo, como si quisiera no ser encontrado ni buscado, como si se pensara inexistente; con unos sauces tristísimos y unas enramadas que parecen extenderse al compás de una absurda pasión.

Dada mi experiencia reciente, de haber habitado estos dos parques tan dispares y, a su vez, tan conectados, se me ocurrió utilizar parte de mis escritos sueltos para empezar un diario apócrifo, y la autora de este, sería, por supuesto, Alejandra. Y qué mejor que sus sueños para ahondar en su conflictivo mundo, y en especial, el relacionado con Martín, con esa otredad tan compleja.

Sé que no había necesidad de hacer este preámbulo, pero lo hice con la finalidad de justificarme frente a una novela que admiro mucho, y por ende, también frente a sus lectores.

P.d.1: Las fechas son completamente arbitrarias, no siguen necesariamente a las de la novela, que cubre los años 1953 y 1955. Este aspecto es cuestionable, pero quiero creer que es lo menos importante para la verosimilitud de este, su diario.

P.d.2: La foto fue tomada gracias a una sugerencia de mi amiga Úrsula León.

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3 comentarios en “Experimento(Diario apócrifo de Alejandra)

  1. Cuando la tarde agoniza en el cielo morado, cuando la noche trae silencios indescifrables, aparecen los martines, los ernestos, las alejandras, los brunos, las marías… es el momento en que esos seres perdidos dentro de ellos mismos aparecen sentados en las bancas de los parques, mirando estatuas, fumando, pensando en vez de gritar, callando por no llorar…
    Cuando veas el cielo morado, el aire frio y las bancas vacias, búscanos que ahi siempre estamos cavilando la vida. Aura Roja

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