Rufus Wainwright (Summer stage)

Ésta es una de las fotos que le tomé al divo del pop de estos días. El domingo estuve en su concierto. Llovió durante todo el show, pero la espera valió más que la pena. La amplitud de su voz es comparable a la de un abanico en una apertura sin fin! Desde aquí, Robin, una vez más te agradezco el que hayas compartido conmigo su música. «Poses», «Want one», «Want two» y «Release the stars» son cada uno discos de primera. Aquellos que todavía no lo han escuchado, dense la magnífica oportunidad, estoy casi segura de que lo disfrutarán! En vivo, su presencia irradió un inolvidable magnetismo. Abrió el concierto con la canción «Release the stars», y lo cerró, vestido de mujer, transformado en una cabaretera preciosa, con todos los miembros de su banda a sus pies, haciendo una divertida opereta!

La lluvia en ese momento, como escribió Carlos De Rokha en uno de sus poemas, era aún más tenue que el misterio

Sundyhook

mar/ solo mar/ mar solo

Quinto sueño

Martín era la muerte, y jugaba conmigo una interminable partida de ajedrez. En vez de las piezas regulares, él tenía en su lado un batallón de minúsculos barcos negros, y yo, en el mío, pequeñas velas blancas encendidas. Cuando le ganaba una pieza, él, imperturbable, con los ojos asilados en el tablero, incendiaba sus barcos y me decía, "por cada barco que te lleves, te descuento un hermoso recuerdo". Asustada, ya no quería seguir jugando. En realidad, nunca he sido buena para recordar cosas, y las pocas que recordaba solo eran las más conmovedoras, y no quería perderlas. Pero él insistió. Nunca me miraba a los ojos, como escondiéndose de su reflejo.

Seguimos jugando y continuaba quemándole los barcos. Hasta que le hice un jaque. Yo tenía todas las de ganar. Pero solo me quedaba un último recuerdo, el del sueño que tuve con él mucho antes de conocerlo, era el único sueño que recordaba con nitidez, incluso más claramente que el suceso mismo de nuestro encuentro en el Lezama.

"¿Qué dices, te atreves a ganarle a la muerte?", me dijo. Entonces, estrellé mis dos manos contra el tablero, arrasando con mis velas y lo que restaba de sus barcos. Por unos minutos, ambos permanecimos perplejos, contemplando la pequeña brasa que nacía del corazón del tablero, como si a través de los colores del fuego, nos llegaran murmullos de náufragos, sirenas y hasta de filibusteros. Entonces, él me abrazó y cuando quise tocar su cuerpo, me di con el aura de una oquedad oscura. Martín y la muerte se habían ido o, ¿era yo que me había desvanecido dentro de mi último recuerdo?

                                                                             Martes 10 de junio de 2003.
                                                                                                                   A.

Cuarto sueño

Acabo de ver un gato. Nos quedamos mirándonos por un instante prolongado. Sin exageración, puedo decir que presencié una breve epifanía. ¿Qué me habrá querido decir? ¿Por qué se asomaría? Tenía los ojos grandes y verdes, con las pupilas dilatadas. Me miraba como si supiera lo que yo estaba pensando, como si pudiera leer el vacío en que a veces se hunde mi pensamiento. Era gris, con manchas negras. Parecía conmoverse de mi rostro.

Mejor cierro mi ventana. Ese gato me habló, lo juro; aunque no pude entenderle, sé que intentaba comunicarme algo. Las noches también son difíciles para ellos. No pasan así nomás. Sobre todo cuando quieres descansar bajo un techo y no puedes porque eres un gato montés, y te está negada la espontánea caricia y el "ven aquí, toma tu leche" sin cautela.

Oh, gato montés, ¡ya sé a qué viniste! A ser espejo momentáneo de la verdad más esencial de mi alma, a ser figura esquiva y alimento propicio para seguir empujando la, por tanto tiempo dormida, roca de mi imaginación.

Esto no lo soñé, pero lo escribo igual porque no le veo la más mínima diferencia.

                                                                          Lunes 9 de junio de 2003.
                                                                                                           A.

Tercer sueño

Tengo cuatro debilidades en la vida. Tres de ellas sé que van a llevarme, tarde o temprano, a la destrucción. Sin embargo, la que queda, esa todavía me permite soñar con una salvación latente. Esa debilidad es mi absoluta falta de voluntad para liberarme de la ternura que despierta en mí, Martín.

Ayer, él me leyó un fragmento del diario de una de sus poetas más queridas: Aliarda Cansina. Vagamente, recuerdo lo siguiente:

Con este ya van a ser tres días que no duermo bien. Temía que me volviera a pasar, pero era inevitable. Un poeta nunca vive para sí mismo, ni para ningún otro, simplemente no existe; es tan o hasta más inútil que una palabra fuera de contexto. Un poeta es aquel que observa las cosas con la luz muy baja, porque sabe que si a pesar de esto, el brillo del objeto o la criatura apreciada persiste, entonces he allí que ha hallado algo verdaderamente genuino. De estos sucesos minúsculos está hecha su tranquilidad. ¿Acaso no es el poeta el ser más elemental y por eso, irremediablemente, solo?

Por la tarde soñé que estábamos de nuevo en Lima, caminando por una avenida cercada por palmeras espigadísimas, y le pedí a Martín que me cargase porque tenía los pies hinchados. Entonces paseamos por una acera interminable, tan larga como altas eran las palmeras que la rodeaban. Estaba feliz, Martín había abierto de par en par su saco y había arrebujado mi cuerpo junto a su pecho. Mientras él caminaba, yo me sentía ser su corazón, resguardado cuidadosamente por sus manos. De pronto empezó a llover ralito, como si la lluvia estuviera avergonzada de caer, así tan de improviso, y vi claramente como dos hojas gigantescas venían hacia nosotros en forma de balsas. No tenía sentido, no nos íbamos a ahogar.

Desperté pensando en las balsas y su sorprendente parecido a las cejas de Martín.

Domingo 8 de junio de 2003.
                                      A.