Poema escrito a caballo entre febrero y marzo

de entre los vestigios del sueño al que aspiras
por sobre tus párpados,
pantalla opaca y minúscula,
mis ojos te contemplan
mis ojos esperan el sacrificio
de las venas expuestas sobre tu cuerpo
mis ojos también se cierran
y mis manos son miradas insomnes
queriendo succionar
de tu rostro,
el gesto
el sudor
la espontánea telaraña
tendida
en la que voluntariamente
duerme el deseo

aún duermes,
y tu espalda se me hace
una inminente estampida de gacelas
y yo nutro mis dedos
para que en su descanso
se detengan a pacer en mis yemas

tomo tu cuello
y entre mis dientes
tu carne retumba
como hojarasca
zarandeada
por el viento

quiero desglosar tu figura del tiempo,
erigirte como estatua eterna
y dialogar perpetuamente
encallada en tu silencio

lrru
marzo 2009

Sobre los críticos

Al releer este pasaje de un libro que compré cerca del parque del Retiro en Madrid, tenía que compartirlo. Las reflexiones de este tremendo compositor, Erik Satie, están llenas de un humor deliciosamente mordaz . A ver qué piensan:

"He estudiado mucho las costumbres de los animales. Desgraciadamente, no tienen crítica. Este Arte les es ajeno; por lo menos no sé de ninguna obra de este género en los archivos de animales.Tal vez mis amigos críticos conozcan alguna, o varias. Que sean tan amables de decírmelo, cuanto antes mejor. Sí, los animales no tienen críticos.El lobo no critica al cordero: se lo come; no porque desprecie las artes del cordero, sino porque admira la carne e incluso los huesos del lanudo animal, tan bueno, tan bueno, guisado.

Nos hace falta una disciplina de hierro, o de otro metal. Solamente los críticos saben imponerla, hacerla observar de lejos. No pretenden más que inculcarnos los excelentes principios de obediencia.El que desobedece es digno de compasión, es muy triste no obedecer. Pero hay que obedecer a las malas pasiones de uno, incluso si ellas mismas nos las ordenan. En qué se reconocen las malas pasiones, malas como la tiña? Sí, en qué? En cómo nos abandonamos, nos entregamos a ellas, y en que ofenden a los críticos. Ellos no tienen malas pasiones. Cómo podrían tenerlas, esa buena gente? No tiene pasión de ningún tipo.Siempre tranquilos, no piensan más que en su deber, corregir los defectos del pobre mundo y sacarse un sueldo decente para comprarse tabaco, nada más.

Esta es su misión. Misión que incumbe a estos hombres de buenos consejos; pues cada uno tiene miles de consejos, consejos regionales.

Démosles las gracias por todos los sacrificios que diariamente hacen por nuestro bien, únicamente por el bien nuestro; roguemos a la Providencia que les proteja contra todo tipo de enfermedades; que les aleje de todo peligro; que les dé hijos en cantidad, y de todas las especies, que continúen la suya. Estos deseos no pueden causarles ni bien ni mal. En todo caso, sí que les va a servir de mucho!… …"

En: "Elogio de los críticos"

Parte de unas charlas dadas entre 1918 y 1921.

Libro: "Erik Satie. Memorias de un amnésico y otros escritos"

Quinta carta:

 

¿Será que lo he estado llamando, como, en un pasado no

muy lejano, convocaba la presencia del erizo? ¿Será que

mis palabras tienen el poder de cautivar ciertas

sensibilidades más allá de sus meras hojas blancas?

¿Cuándo es que se da el salto?

Porque la morada del poeta no está en ningún lugar,

mas la de sus versos, sí, en sus libros.

Un poeta no debería enamorarse, porque siempre termina

prendándose de sí mismo, y el otro, se convierte en un

espejo donde aquél busca sedientos reflejos que le

devuelvan su dual constitución.

¿Qué es lo que me pasa? Ni siquiera se lo que

sientes y ya estoy hecha zozobra y desesperación. Me

siento con la fuerza de correr ciegamente, desnuda,

como la japonesa de "Empire of the senses", a la

partida de su amante, o como el personaje que

interpreta Jeremy Irons en "M. Butterfly", acongojado

profundamente.

Si quieres mi poesía, te la daré, y si deseas algo

más, también. Ojalá seas ese hombre que intuyo he

estado esperando, de allí mi nerviosismo, ¿no?,

mi certeza de esperar, como dice Barthes.

Solo buscaba una palabra que recibiera mi palabra.

Dime que te he encontrado, que si bien mi indagación

en el sentir del otro no ha acabado, por lo menos en

ti se concentrará por un tiempo. No me escribas más,

que nuestros cuerpos mañana se petrifiquen, y

quedémonos recostados, con ambos de nuestros ojos

mordiendo versos, bajo la sombra inmensa de esos

árboles antiguos, cuyas ramas se tuercen al compás de

nuestros mas sórdidos deseos.

Quiero tocarte. Mañana, ¿me atreveré? Si no lo hago,

empieza tú, mira que el permiso te lo otorgo con un

día y un par de noches de anticipación.

Cuarta carta:

Su nombre no me llama la atención. Es un nombre de cuatro
letras, simétrico, con dos vocales y consonantes, como
el mío. Su apellido se libró de ser Paterson, uno de
mis poemarios predilectos, por solo la e inicial.

Es flaquito, lúgubre, y de espaldas, pegado al muro,
puede pasar desapercibido. Pero cuando habla, cuando
abre esos ojos inmensos que contrastan con una piel
muy cálida y lisa, su cuerpo resplandece y transmite
un coro de soles.

¿Cómo es que en menos de cinco días, una conversación
nos puede haber marcado al punto de necesitar vernos
urgentemente, y en el cementerio?

Tercera carta:

Tendria que estar terminando de leer "La gitanilla",
pero en cambio, estoy aquí, escribiendo, muriéndome de
ganas de que el día se termine, y que, después de
mañana, no venga más, o me trague en unas de sus largas
horas.
Ni siquiera recuerdo su rostro. Solo tengo viva en la
memoria sus ojos grandes, de color eucalipto, y la
huella que dejó su palma izquierda sobre mi derecha, y
su voz, una muy tenue, como la de los pájaros a las seis
de la mañana, susurrada casi entre sueños.