Tercera carta:

Tendria que estar terminando de leer "La gitanilla",
pero en cambio, estoy aquí, escribiendo, muriéndome de
ganas de que el día se termine, y que, después de
mañana, no venga más, o me trague en unas de sus largas
horas.
Ni siquiera recuerdo su rostro. Solo tengo viva en la
memoria sus ojos grandes, de color eucalipto, y la
huella que dejó su palma izquierda sobre mi derecha, y
su voz, una muy tenue, como la de los pájaros a las seis
de la mañana, susurrada casi entre sueños.

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