El silencio es la condición natural de la palabra. Cuando hablamos, esta tiene frío y no hace más que abrigarse.
Reflexiones
Crónica mínima
"Alguien me dice aquí, en Río de Janeiro, sonriendo de equívoca manera:
-¿Qué piensa usted de Soiza Reilly?
-Hombre, <lo que pienso, lo voy a escribir. Léalo> "
Roberto Arlt.
Tomado de: Este es Soiza Reilly
En: Cronicón de sí mismo.
¿En qué piensas cuando escribes un poema?, me preguntó alguien hace unos días. Pregunta solo en apariencia sencilla.
Cuando empecé a escribir con algo de conciencia estética, cada vez que me venía el impulso de embestir cualquier hoja en blanco, uno de mis telones cerebrales se abría y dejaba al descubierto un jardín vastísimo, circundado, la mayoría de las veces, por un río con una roca gigantesca en su centro, a modo de cerebro o corazón. De allí partían mis recuerdos, nostalgias, sueños, deseos, tristezas y elucubraciones, junto a mi mano derecha, hacia un paraje siempre desconocido para ellos.
Después de mi segundo libro, sin embargo, este jardín ya no aparece más como fondo sensorial previo a mis inventivas poéticas. De aquello, solo ha quedado el silencioso ruido que hace un nudo cada vez que se desata. Lo único en que pienso, últimamente, mientras escribo, se asemeja a los ojos desde los que observa y contempla-extraviado en algún punto del tiempo y del espacio-el capitán de un buque fantasma.
El túnel
Los atisbos del inconsciente son los pedazos de un corazón roto y cada vez más inhallable.
La ventana, la mujer y el mar del cuadro debieron vivir únicamente en Castel.
Castel, tu amor siempre fue de sombras.
María estaba demasiado viva para volar pegada a tus alas.
La contemplación de ella era otra, giraba; la tuya nunca dejó de ser estática.
Castel:
Nada más allá que su propia sombra el hombre estanca.
6 de febrero de 1999.
(Unas líneas que escribí al terminar de leer por primera vez esta obra extraordinaria.)