El suicida y la puta

Sentada en un muro pestilente, de esos que crecen cual mala hierba en las aceras de la calle 42, con las piernas grotescamente abiertas y los ojos fijos en el ir y venir de los transeúntes, ella parecía rumiar, entre los mecánicos mordiscos de un chicle, uno que otro recuerdo. Ya nada era como antes ni volvería a serlo: había envejecido. Pero incluso así, sus cabellos tenían el color de las cenizas que aún se encienden después de muertas.

Cerró las piernas, se dispuso a dar un salto sobre los zapatos fucsias que había dejado oreándose al pie de aquel muro, cuando una mano temblorosa los cogió y se los acercó sorpresivamente. Sin decir palabra, pero agradeciendo el gesto con una tosca palmada en aquella mano, ella entubó los pies en sus zapatos y emprendió la marcha.

El hombre se quedó inmóvil y con su bastón empezó a dar golpes- concéntricos estruendos contra la acera. Ella regresó casi sonámbulamente. Esos sonidos le recordaban los pasos entrecortados que precedían a todos sus malos sueños.

Aquel hombre llevaba un terno, una camisa almidonada, y unos zapatos de charol negros en los que se reflejaba el caos de las luces de alrededor. Los dos botones superiores de su camisa estaban desabrochados, la corbata le bailaba en el pecho y su agitada respiración le corría en forma de sudor por el cuerpo.

Ella, tras sus gafas de lunas oscuras y grandes, ocultaba unos ojos que daban la impresión de estarse disolviendo a lo largo de su rostro.

-¿Quieres ganarte algunos pesos? –prorrumpió el hombre, mirándola con unos ojos despojados de luz.

-Uhmmm…hoy es mi día libre, y la verdad, justo hace unos minutos tomé la decisión de no hacerlo más. Total, mírame, ¿qué te pueden ofrecer estos muslos y tetas roídos por los años y mi mal humor?

-Lo necesario como para pagarte dos mil dólares y en cash.

-¿Qué tengo que hacer?

-Vamos al hotel y te lo explico.

El taxi se detuvo.

Ella, ataviada con una rústica pantaloneta negra, un ajado polo fucsia y una cartera negra llevada a la mitad del brazo, de un brinco, descendió.

Él, bastón en mano, con un paso flojo se impulsó y bajó.

Ambos entraron al hotel Bentley. El hombre pidió las llaves y subieron.

           -Las cortinas rojas del cuarto eran más vivas que la sangre-

La mujer se sentía como en casa. Dio unos pasos, lanzó su cartera al vacío como si el aire fuera un cesto, y empezó a desnudarse.

-No es necesario- acotó el hombre, nerviosamente, mientras abría su maletín e iba sacando de entre sus cosas un pijama de niño.

-Entonces, ¡para qué me trajiste!-le replicó ella, bastante enojada.

El hombre deslizó las cortinas para calmar la rabia de la mujer con el imponente paisaje de edificios enormes y con las luces que salpicaban del puente apenas visible de la calle 59. Luego, dejándola al pie de la ventana, como quien la estuviera entregando a las fuerzas oscuras de una pintura escabrosamente excitante, se dirigió al baño, se puso el pijama y retornó. Nuevamente, abrió el maletín, rebuscó unos segundos, y extrajo un anillo solemne, cual diminuto castillo rojo.

La mujer no entendía lo que pasaba. Lo miraba con la misma perplejidad de una madre, cuyo hijo, carne de su carne, repentinamente, se le hubiera desenlazado, desmembrado y resbalado de entre sus torpes brazos enclenques.

Sentémonos-musitó el hombre, con la misma suavidad de los cantos que deambulan en el aliento matutino de los pájaros.

El rostro de la mujer quedó entumecido. ¿Para qué me habrá traído? ¿Para qué?-se preguntaba insistentemente, cuando él la interrumpió:

“Te he traído para que me acompañes”-y con la mirada empozada en el brillo lúgubre de sus zapatos, empujando una a una sus palabras, sentenció: “estoy decidido a matarme y me aterra la idea de morir solo.”

Luego, ambos se sentaron en el costado inferior izquierdo de la cama.

“Tu dinero está sobre la mesa. Ponte este anillo, abrázame y arrúllame hasta la última contracción que exhale mi alma. Por lo que me han dicho de esta dosis, mi muerte será rápida.”

Dicho esto, de uno de los bolsillos de su pijama sacó una jeringa henchida de una sustancia tóxica y se inyectó. Mientras su boca se llenaba de espuma y su pecho se retorcía en espasmos, ella lo apretaba contra el suyo, como ya antes lo había hecho con sus clientes. Pero esta vez, su ternura le era útil, sus brazos enredados en el cuerpo agonizante de un desconocido le hacían sentir que saboreaba el amor. No obstante, al alzar su rostro frente al espejo, lo vio acabado, macilento y sombrío. Contempló en su reflejo el rostro tan odiado de su madre, la vio meciéndola, asfixiándola con el calor de su cuerpo, succionando todo resquicio de vitalidad alojado en sus juveniles sueños. Entonces, no pudo acariciar ya más aquel cuerpo muerto. Se vistió rápidamente y, sin tocar el dinero, partió.

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Autor: Lena

Soy poeta. Y para sobrevivir sigo un doctorado en Literatura Iberoamericana en el Graduate Center de Nueva York.

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