Ayer, cuando regresaba de un recital poético en un local pequeñísimo, llamado El planetario; mientras tonteaba por esas calles plagadas de gente excéntrica, vi a una muchacha sentada a las afueras de un café. Y, precisamente, porque no llevaba un atuendo extravagante como el resto de la gente que la rodeaba, despertó mi atención. Por su forma de mirar intensamente una hoja en blanco, que reposaba sobre su mesa, pude intuir que se disponía a escribir una carta. Como no pude leerla, me la imaginé:

Epístola para un ciego:

Aquel día no pude decirte todo lo que quería. Solo pensaba en dejarte ser para recordarte cuando ya no volvieras. Eres como el girasol al que nunca he podido atrapar en el preciso instante en que entrega su mejilla a los ardores de la luz, y quiero ver ese giro.

La poesía se quita el disfraz y se reviste de tu cuerpo, de tu rostro de hombre universal.

Todavía mis manos están envueltas en la montuosidad de tus cabellos firmemente sedosos.

Mis oídos recuerdan tu voz estirándose en mi cuello, y yo gritándote: demonio nocturno.

El aire no es más inocente, tiene en él grabado el espacio de nuestras últimas caricias.

Cuando las hojas de este otoño se deslizan, observo que, antes de aterrizar en el suelo, se mecen, jubilosas, como si nuestros cuerpos, al despedirse, les hubiesen dejado un aura espesa en la que solazarse.

Escríbeme, llámame o aparece pronto. Seguiré esperándote. Algo me dice que no me mientes, o que al menos, no lo haces intencionalmente. Ojalá nunca pueda terminar de conocerte.

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