El amor tiene la virtud de desnudar no a los dos amantes uno frente al otro, sino a cada uno de los dos ante sí

Cesare Pavese.

De: El oficio de poeta

Para Rocío, por esa amistad más que fidedigna:

Él no es como tú, él es aún más poderoso que la naturaleza, él te mira y el universo se congrega en su rostro de niño pequeño. Tú, como un pasto, sólo esperas que te rocen, siendo inevitable desaparecer. Esta necesidad de querer prolongar tu cuerpo en otro para sentir que no eres invisible, lo va a terminar asustando. No, yo no puedo alterar su mundo, no quiero. Sin embargo, sé que no viviré plenamente hasta despertar entre sus brazos circulares, único poema que tocará mi cuerpo. Debo dejarte, debo quererte sólo entre mis líneas.

Te guardaré como a la luna, aquí dentro. Y solo raspando mi árbol podrás encontrarme. Me cansé…aunque mi cansancio viva el tiempo de su palabra. Te amo como «una lágrima que nadie ve». Pero no te espero…porque mi amor no existe en tu conciencia, porque hasta ahora no he hecho más que reventar en las metáforas. Mi realidad es una existencia eternamente hinchada, si supieras que tienes la fuerza de hacerme nacer cuando tú quieras

De: Confesiones de un papel inútil

En: Milagros de Ausencia (2002)

«Blanco es el sueño de la noche»

A la derecha, en vez de mi penosa foto, ahora podrán visualizar la portada de mi segundo libro. Su publicación está pensada para dentro de un mes, y la presentación se hará en el auditorio de humanidades de la PUCP, el 5 de junio del presente año, y con suerte, también en julio, en la Feria Internacional del libro. La hora está todavía por ser confirmada. Ya los mantendré al tanto. El libro está inspirado en su mayor parte en el capítulo XLII de Moby Dick.

Poema reciente

como si en tus ojos hubiera miríadas de serpientes
carruajes que se vuelcan en una carrera insensata
liebres acosadas por el sosegado andar de tortugas impertérritas
ardillas con manitas nostálgicas de antiguas bellotas

como si en tu cuerpo los ángeles hubieran diluido su lasciva inocencia
su lengua adobada de llantos extremos
de miradas abiertas, sin retorno al sueño
ahh…ese brazo extendido
pincel con el que muy bien podría haber la luz
empezado a dar forma a su extravío
ahh…esa sonrisa
donde todos los muertos colocaron sus evocaciones más exquisitas
ohh…Dafne, conviérteme en manzano, ciprés o tulipán
transforma mis dedos en voraces ramas
mis pezones en trémulas hojas erizadas por la caricia intermitente del viento
mis pies en un par de aros congelados
mi sangre en silenciosa palabra
en pálido murmullo
en aire
que aquellos ojos saboreen
y en los cuales se imprima
la visión esperada
el deseo consumado
el ineludible
rezago
o castigo
de la instantánea conmoción
del parpadeo

«El silencio y la mente»

1. Cómo quisiera que el silencio hablara y revelara su soterrado mausoleo de palabras

2. La mente es un cinturón demasiado estrecho para la cintura del mundo; cada vez que por fuerza, aquella se suelta, la tierra respira, y es desde ese descanso, de donde, creo, proviene el amor

«De soledades altivas y coronas derribadas»

Antes de irme a dormir, quise venir a transcribir para ustedes dos de los poemas que para mí son la columna vertebral de una apuesta tenaz por hacer que los versos estallen con la fuerza de un centenar de colores o de una mixtura infinita de notas musicales. Estos dos poemas pertenecen, respectivamente, a dos de los poemarios que considero entre los más conmovedores que la lírica española del siglo XX nos ha legado.

Si Flaubert hubiera sido poeta, no vacilo en afirmar, que Frederick, el de La educación sentimental, habría también podido evocar su desventurado sentir por Madame de Arnoux, especialmente, a través de estos dos poemarios imprescindibles.

Cernuda era un admirador de la música de Mozart, y así como este nos ha entregado inmortales piezas musicales, donde, sobre todo, resaltan el diálogo lúdico-trágico entre el violín y el piano; aquel- lo podrán apreciar en unos segundos-nos ha dejado en sus poemas una sed inagotable de beber del borde mismo de la fuente que drena, infatigablemente, las aguas terribles del amor, del olvido y del deseo.

DIRÉ CÓMO NACISTEIS
Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos,
Como nace un deseo sobre torres de espanto,
Amenazadores barrotes, hiel descolorida,
Noche petrificada a fuerza de puños,
Ante todos, incluso el más rebelde,
Apto solamente en la vida sin muros.

Corazas infranqueables, lanzas o puñales,
Todo es bueno si deforma un cuerpo;
Tu deseo es beber esas hojas lascivas
O dormir en esa agua acariciadora.

No importa;                                                                                                                                     Ya declaran tu espíritu impuro.

No importa la pureza, los dones que un destino
Levantó hacia las aves con manos imperecederas;
No importa la juventud, sueño más que hombre,
La sonrisa tan noble, playa de seda bajo la tempestad
De un régimen caído.

Placeres prohibidos, planetas terrenales,
Miembros de mármol con sabor de estío,
Jugo de esponjas abandonadas por el mar,
Flores de hierro, resonantes como el pecho de un hombre.

Soledades altivas, coronas derribadas,
Libertades memorables, manto de juventudes;
Quien insulta esos frutos, tinieblas en la lengua,
Es vil como un rey, como sombra de rey
Arrastrándose a los pies de la tierra
Para conseguir un trozo de vida.

No sabía los límites impuestos,
Límites de metal o papel,
Ya que el azar le hizo abrir los ojos bajo una luz tan alta,

Adonde no llegan realidades vacías,
Leyes hediondas, códigos, ratas de paisajes derruidos.

Extender entonces una mano
Es hallar una montaña que prohíbe,
Un bosque impenetrable que niega,
Un mar que traga adolescentes rebeldes.

Pero si la ira, el ultraje, el oprobio y la muerte,
Ávidos dientes sin carne todavía,
Amenazan abriendo sus torrentes,
De otro lado vosotros, placeres prohibidos,
Bronce de orgullo, blasfemia que nada precipita,
Tendéis en una mano el misterio.
Sabor que ninguna amargura corrompe,
Cielos, cielos relampagueantes que aniquilan.

Abajo, estatuas anónimas,
Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla;
Una chispa de aquellos placeres
Brilla en la hora vengativa.
Su fulgor puede destruir vuestro mundo.

Los placeres prohibidos (1931)

DONDE HABITE EL OLVIDO
Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allá donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Donde habite el olvido (1932-1933)

Luis Cernuda